
Celebramos
su vida en una eucaristía sencilla con el marco de la lectura evangélica que
hoy resonará en todas las Misas del Gallo: el relato del nacimiento de Jesús.
Elegimos ese texto porque, a pesar de ser otoño y de faltar más de dos meses
para Navidad, sentíamos que verdaderamente era el misterio de Belén el que se
hacía presente al despedir a mi abuela. Era el mensaje real de debilidad y
pequeñez, pero también de amor y de esperanza compartida y anunciada, el que
daba forma a nuestros sentimientos en esa mañana extraña de entierro.
Cuando
miro a Pablo, mi hijo de seis meses, me es más fácil comprender que servir hace
feliz a las personas, que si él se siente necesitado de nosotros, es motivo de
alegría. Con mi abuela resultaba más complicado, porque hacerse presentes en
ese portal que era su casa, su sillón y su cama, era contracultural.
Hay una
verdad absoluta en el evangelio de esta noche, pero hay que descubrirla en la
vida de cada día. Pablo y Francisca, que así se llamaba mi abuela, son hoy mi
particular Belén sentimental, el espejo en el que interpreto las fiestas para
mirarlas de frente y sin artificios. Pablo y Francisca me muestran una alegría
serena radicada en la esperanza de que la vida tiene sentido navideño porque
anda preñada de debilidad. Esa vida verdadera y abundante que se me confirma
real desde lo real, repetida y disponible con solo aprender a ver.
Estoy
seguro de que ambos, Pablo y Francisca, saben de lo que hablo.
Feliz
Navidad.
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