lunes, 24 de diciembre de 2012

Navidad subversiva




Mi abuela murió una tarde de octubre, hace cuatro años. Angelines y yo volvíamos de nuestra luna de miel, a medio camino una llamada de mi padre me dijo, sin decírmelo, que la abuela se apagaba del todo. Aguantó hasta que llegué a Badajoz, la pude ver y tocar, y horas más tarde continuaba su viaje al Padre, tras noventa y seis años de lucha, casi sesenta al lado de mi abuelo. Mi abuela murió, como dice Gustavo Gutiérrez, al final de sus días, concluido su ciclo, arropada en el amor de su familia, que ejerció el cuidado y la ternura con ella, cuando ya aparentemente no era nada. Y era mucho, era la clave de bóveda que despertaba en nosotros, sobre todo en mis padres, los sentimientos más bellos de entrega y servicio.

Celebramos su vida en una eucaristía sencilla con el marco de la lectura evangélica que hoy resonará en todas las Misas del Gallo: el relato del nacimiento de Jesús. Elegimos ese texto porque, a pesar de ser otoño y de faltar más de dos meses para Navidad, sentíamos que verdaderamente era el misterio de Belén el que se hacía presente al despedir a mi abuela. Era el mensaje real de debilidad y pequeñez, pero también de amor y de esperanza compartida y anunciada, el que daba forma a nuestros sentimientos en esa mañana extraña de entierro.

Hoy recuerdo ese día con un cariño agridulce y me viene a la cabeza el sentido subversivo de celebrar lo imperceptible, lo callado y lo oculto, lo misterioso y lo frágil. Celebrarlo en la profundidad de lo que sucede en cada casa, en cada persona, en cada proceso. Esa Navidad que tiene poco de excepcional, pero que en su cotidianidad es extraordinaria, porque esconde lo verdaderamente importante. Y es misterio porque la razón no alcanza a entender los mecanismos que nos hacen descubrir la vida y la abundancia en la escasez, la necesidad y la muerte. Será que son mecanismos del alma.

Cuando miro a Pablo, mi hijo de seis meses, me es más fácil comprender que servir hace feliz a las personas, que si él se siente necesitado de nosotros, es motivo de alegría. Con mi abuela resultaba más complicado, porque hacerse presentes en ese portal que era su casa, su sillón y su cama, era contracultural.

Hay una verdad absoluta en el evangelio de esta noche, pero hay que descubrirla en la vida de cada día. Pablo y Francisca, que así se llamaba mi abuela, son hoy mi particular Belén sentimental, el espejo en el que interpreto las fiestas para mirarlas de frente y sin artificios. Pablo y Francisca me muestran una alegría serena radicada en la esperanza de que la vida tiene sentido navideño porque anda preñada de debilidad. Esa vida verdadera y abundante que se me confirma real desde lo real, repetida y disponible con solo aprender a ver.

Estoy seguro de que ambos, Pablo y Francisca, saben de lo que hablo.

Feliz Navidad.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Sentido y sensibilidad

El campo está ahora precioso. Salgo por las mañanas, hacia la Universidad, y recorro los escasos veinte kilómetros que me separan de Badajoz con el runrún del coche, contemplando los miles de verdes que tapizan la dehesa tras las primeras lluvias. Muchas veces me acompaña la bruma que las temperaturas bajas y las luces incipientes de la mañana hacen interesantes y románticas, silenciosas reptantes de las eras recién fecundadas. Y también, muchas veces, el paso rápido de los vehículos despierta el elegante vuelo de aguanieves y cigüeñas, que buscan entre las encinas y los campos roturados alimento y distracción. Esas aves superan las brumas y pintan en el cielo plomizo, teñido levemente de rojo amanecer, un blanco dinámico y bello.


El campo, decía, está ahora precioso. Mirarlo es abrazar el silencio pacífico de la vida que discurre plácida, quizá solo para ser mirada. Cada día es un espectáculo nuevo, aunque ya van cuatro los años que hace que Ange y yo decidimos vivir en San Rafael de Olivenza, y son bastantes las mañanas que he contemplado desde la ventanilla de mi Seat Ibiza, roto el horizonte de naranjas y amarillos. También son muchos los viajes a Cáceres, cuando trabajaba en la Facultad de Veterinaria, los que me permitieron disfrutar de cada ocre del camino, arcillas y barros de la campiña dispuesta a la siembra primero, luego lista para la siega, y en medio el verde cambiante del trigo y la cebada.

Precioso el campo, y el río donde he cogido agua durante los cinco años de tesis doctoral. El Guadiana, a su paso por Badajoz, en zonas de difícil acceso, es un espectáculo de garzas y cormoranes, de aves esbeltas que se dibujan en un paisaje invernal, las más de las veces, pero cálido por su hermosura.

Todas estas cosas son así siempre, cada día, cada hora, tienen su belleza escondida. Yo sé que en la gran mayoría de las ocasiones mis ojos están vueltos hacia lo que me sucede. Que solo soy capaz de mirar la ventanilla de mi coche y preocuparme de si la luna baja o sube bien, de si reposté o tendré que hacer parada técnica, de si la radio funciona o no. Tantas veces mi propio reflejo, el que se ve cuando no somos capaces de apagar la bombilla del copiloto, me ciega la vista tan enigmáticamente bella de lo que sucede fuera…

Pienso en lo que acontece en el interior de las personas, en ese “fuera” que siempre nos parece lejano e inaccesible. Los campos listos para la sementera, las encinas a punto de la poda que las rejuvenezca, los pájaros volando en escuadra blanca contra el azul…  Pienso en las luchas internas, en los procesos callados, en el crecimiento que no se comparte y en todo lo que muere dentro de la gente cuando nadie lo ve ni lo goza. Cada uno en su Ibiza particular, preocupado del chasis, las ventanas o las radios que nos atontan.

Las geografías humanas que desfilan en la calle, rostros con historia y con profundidad, surcados de tiempo y preñados de vida. Todos los procesos que asoman, como punta de iceberg, y que tantas veces somos incapaces de detectar. La belleza escondida de contemplar la liberación de las personas o el crecimiento del pequeño. Eso es lo bello, lo que Kant decía que place sin concepto.  Por eso surgen los momentos de exquisita ternura, desde los ojos del que mira: la charla sosegada con el amigo, el encuentro casual y el trato familiar, aun con desconocidos; los instantes que, aun repetidos cada día, engendran vida en abundancia....

Y hoy doy gracias porque, en el camino de siempre, creo que fui capaz de apagar la radio y la bombilla. De observar y de mirar más que de ver, de dejarme afectar por la belleza de la dehesa y de las encinas, de las grullas y de las brumas. También porque supe disfrutar, en el silencio del pueblo, en la luz de la noche (que ilumina más que alumbra) del sueño de mi hijo, en la mecedora. Y de alguna manera, me invade una felicidad serena por haberme puesto a tiro de lo que sucede fuera de mi coche. Y el deseo de que esa mirada me acompañe siempre.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Carta al maestro



Ayer celebramos la jubilación de mi padre. Dejo aquí unas palabras que le regalamos.

Querido Don Juan,

Déjame que te llame así, aunque el Don acompañe palabras cercanas y familiares. Me llamo Pedro, o Enrique, o Francisco. Me llamo como todos los alumnos que has tenido en estos años, como todos los niños que se han sentado, siendo niños, en las aulas donde tú enseñaste. Me llamo igual que aquellos a los que visitabas en sus pueblos, haciéndote uno entre todos, el maestro, en el pueblo. Joven, como ahora, descubriendo en mí la interpelación continua y profunda de cómo ser buen docente a cada rato.

Tengo el rostro cambiante de todos los que aprendieron contigo, y también de ti. Quizá no recuerdes mi nombre, tal vez te suenen más mis apellidos. Pero cuando nos cruzamos por la calle, nunca te quedas callado. Me sonríes y respondes a mi llamada con sinceridad y alegría, porque te alegra verme, aunque no recuerdes bien de dónde o de cuándo. Y es que pasan los años para todos, y el que ahora es electricista, fontanero, profesor o médico un día fue niño en el pupitre, y un día tuvo que aprender a dividir.

Pasa el instante inicial, la sorpresa y el agrado, y las imágenes, vagas, aparecen en tu mente despierta, que quiere recordar. Recordar. Volver a pasar por el corazón. Y surgen las anécdotas y las risas, los comentarios de aquella vez que fuimos toda la clase de excursión al zoo y el bocadillo de lomo se perdió entre los barrotes de mandril. Y te cuento que ya tengo hijos, y que están en el colegio, y que me gustaría que alguien como tú, Don Juan, les diese clases. Incluso que ojalá le riñeran como me reñiste aquella vez, cogido por la solapa (ahora no se podría). Una riña que, alguna vez lo he pensado, me salvó la vida.

Entonces nos despedimos, te doy la mano, como adulto. Y me vienen a la memoria los tiempos en los que te veía grande y fuerte, ahora un igual. Pero te sigue rodeando el halo de autoridad sincera conquistada por el servicio y la entrega generosa. Soy Enrique, Pedro, Francisco, Tomás, Ana, Elena… soy todos los nombres que pueblan las aulas que tú has dotado de sentido. Soy, como te gusta llamarme, un antiguo alumno tuyo.

Pero también me llamo Silvia, Felipe o María. También soy madre, padre, abuelo de tus alumnos. Soy la persona que recoge a su hijo todos los días a la puerta del colegio. A veces soy gitano en Las Cuestas, otras soy ingeniero en el centro. Pero todas me presento a hablar contigo porque me preocupa la educación de mi hijo, y sé que a ti también. Y, por mucho que digan, Don Juan, la educación no es solo cosa mía. Es una tarea compartida que vosotros, los maestros, abrazáis con alegría y vocación. Y cada vez que hablo contigo, unas veces porque voy a verte yo, otras porque tú me llamas, me levanto de la silla del despacho con la certeza de que a ti te importa mi hijo, de que no entras en la clase sin saber qué decir o qué hacer, porque tienes claro lo que quieres. Quieres que ellos crezcan, que aprendan a vivir viviendo, que puedan dividir o resolver ecuaciones, pero también que sepan manejar los números de la vida, las relaciones humanas. Sé que quieres para ellos lo mejor, porque lo mejor es lo que les estás dando.

Te he reencontrado hace poco. En la facultad, cuando dijeron mi nombre (Jesús, Manuel, Rocío) y me preguntaron por qué quería ser maestro, yo tenía pocas razones, pero muchas imágenes. Yo quería ser maestro porque tú, mucho antes de la Selectividad, de que nadie me hablase de salidas profesionales, de oposiciones o del prácticum, me habías enseñado a enseñar. Me habías enseñado a descubrir lo mejor de cada uno detrás del proceso educativo. Por eso te reencontré como colega. Me presenté y rápidamente supe que el maestro era ahora compañero. Y como compañero, hoy, me alegra tenerte presente.

Quizá no recuerdes mi nombre. Me llamo Alejandro, Luis, Sofía o Marcos. Tengo el rostro diferente al que tú veías sentado detrás del pupitre, porque hace ya casi cuarenta años. Pero te aseguro, te prometo, que cada vez que cojo la tiza me acuerdo de ti. Cada vez que hago la cuenta del cliente me acuerdo de ti. Cada vez que paso por el colegio, me acuerdo de ti. 

Y sé con una certidumbre clara, reposada y serena, que fui muy importante para Don Juan. Por eso te seguiré llamando la atención cuando nos veamos. Y te contaré que tengo nietos, que me han contratado hace poco en una nueva empresa, que he terminado la carrera o que gané las oposiciones. Y tú, compañero, seguro que me cuentas que has salido a ver grullas, a pasear con Pablo, tu nieto, a cortar el césped de la casa de tu hijo o a preparar la casa del campo, porque vas a celebrar la jubilación con tus amigos.
 
Querido Don Juan. Me llamo con los nombres de tu vida. Déjame que te cuente y que te encuentre. Porque es la única forma que tengo de darte, una y otra vez, las gracias.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Las morales del silencio



Hace algunos años, Manos Unidas despertaba nuestras conciencias con una frase lapidaria que ha quedado alojada en mi particular colección de aforismos útiles: Tu indiferencia te hace cómplice. El mensaje, acusador, era un latigazo contra la pasividad que está permitiendo el aumento de la injusticia, pobreza y exclusión. No hacer nada es hacer algo, situarse, posicionarse y, de alguna manera, favorecer la continuidad de un sistema cruel.
 
 Pero no quiero hablar hoy de eso.

 Es fascinante descubrir los patrones de conducta que prevalecen en sociedades avanzadas y modernas como la nuestra. Pensamos que somos flexibles, adaptables, tolerantes con el otro distinto. Pensamos haber superado ampliamente las morales de nuestros abuelos, férreas y encorsetadoras, que se definían tantas veces contra el diferente, fuera éste extranjero, homosexual, negro, mujer o ateo. Y lo hacían excluyendo, sojuzgando y apartando del espacio público, en un ejercicio de marginación por ostracismo ante quien no es de los nuestros.

Hoy hemos ganado mucho en formas, pero no tanto en fondos. Si miramos con algo de constancia, vuelven a aparecer esas morales que viven en el silencio cómplice. Ahora decimos no movernos para salir en la foto, antes no había fotos en las que salir. Pero era lo mismo. Se acepta lo rodado por seguro, y todo lo que no camina exactamente por los senderos sociales se cuestiona y se mira con recelo. Y parece que tomar opciones siempre es elegir lo distinto, obviando que caminar es elegir, aunque la elección sea la de costumbre. La moral.

Viví la alerta y la advertencia, consejo desde el amor y el cariño, cuando decidí emprender la aventura de dedicar tres años a la Juventud Estudiante Católica, en Madrid, liberado para servir. Nos sugirieron más reflexión cuando optamos por vivir en un pueblito. A muchos sorprendió mi disponibilidad para ir en listas electorales por el Partido por Un Mundo más Justo. Todavía hoy llama la atención, en ciertos foros, nuestra militancia en el movimiento de Profesionales Cristianos.

Si nuestras decisiones hubieran sido las establecidas en el trillado camino de lo socialmente conocido y aceptado, sin duda ninguna habrían levantado muchas menos objeciones. Porque parece que no existe responsabilidad ni miedo en seguir lo establecido, como si dejarse llevar no implicase una opción vital.
Todo construye persona, todo nos configura. Lo que hacemos, elegimos, para nosotros o para los que nos rodean. Sean estas opciones las cotidianas y generales, o singulares y diferentes, todo tiene su carga de responsabilidad e influencia. Y somos lo que elegimos, lo hagamos conscientemente o llevados por la marea callada de la costumbre. Porque hoy, como siempre, existen modos de vivir que se reafirman hablando, compartiendo, dialogando y razonando. Atreviéndose a no darse por contento con lo que ya se conoce. Y otras costumbres, hábitos, que hunden sus razones últimas en el campo oscuro de lo de siempre. Muchas de estas morales de silencio son las que siguen generando individuos pasivos, dependientes, menores de edad.

Puede que nadar a contracorriente sea lo único que ponga en evidencia el largo alcance de lo establecido y seguro. Y puede que sea el momento de escribir y proponer nuevas morales nada silenciosas, más bien serenas y dialógicas. Porque hay circunstancias que exigen nuestra palabra.


lunes, 12 de noviembre de 2012

Soñar despierto



Estos días la vida tiene una tinción de tristeza, violeta o azul, suave y tenue. Es casi imperceptible, pero el gris de los días otoñales parece más ser expresión de una mirada melancólica que de la lluvia fecunda que nos acompaña. El sábado, en viaje relámpago a Madrid, despedimos a Maricarmen, familia de sangre. El domingo, nos llega la noticia de la muerte de Pepe Alonso, familia de iglesia y de fe.

Cuando acontece el zarpazo de la muerte, hay testimonios que rápidamente me revuelven las tripas, desde lo más hondo. Es algo extraño, son solo palabras que un día, cada vez más lejano, me llegaron como experiencias ajenas. Y, sin embargo, han marcado con una impronta permanente el modo en que tengo de vivir la tristeza de las ausencias.

El primero es la vivencia de Susana. El nombre, por supuesto, es falso. Pero la historia es cierta. Susana llegaba a casa tras el trabajo y el teléfono le suelta, a bocajarro, la noticia del fallecimiento de su novio. Susana pensó, en ese instante, que el dolor sencillamente la mataría, que iba a morirse también. Era seguro, y así lo sintió, el estrangulamiento en la boca del estómago era el signo evidente de que esa llamada la iba a quitar de en medio. Unos minutos después, viendo correr a su sobrino de seis años, pasillo adelante, con los brazos abiertos, supo que no, que no se iba a morir. Lo supo con la certeza luminosa de quien no entiende mucho de lo que pasa, pero pasa. Lo entendió en el corazón roto, quebrado por la pérdida, pero aún hábil para integrar esas señales que no tienen modo de demostrarse, porque tocan no la cabeza, sino el sentimiento. No se moriría.


El segundo mensaje se lo oí directamente a Pepe Alonso en una charla de formación. Él hablaba de lo que le había costado integrar y comprender la resurrección tras la muerte. Y decía, con una lucidez que solo concede la vida y los años, que al final se dio cuenta de que toda muerte entraña, en sí misma, la esperanza y la gloria. Que existen pedacitos de resurrección ocultos en las peores nuevas. Así, nos hacía partícipes a nosotros, estudiantes entonces de veintipocos años, de que descubrió que en la propia esencia de la muerte de su madre, cuando sintió cómo el suelo firme se retiraba bruscamente, estaba escondida la resurrección y la esperanza. Que no son cosas sucesivas, primero se muere uno y luego resucita, sino que son dos aspectos inseparables, íntimamente unidos.

Yo soy creyente, pero no sé si hay vida después de la vida. Lo que sí sé es que hay vida antes de la muerte, y que esa vida es la que prolonga su sombra alargada hasta los confines de la realidad. Sé, porque lo he visto, que hay motivos para la esperanza, que nunca todo está perdido. Creo que cuando una familia entera se vuelca en el miembro más débil, el más herido, para consolar, para verter vino y aceite en las heridas, para serenar y para acompañar, hay esperanza. Creo que descubrir la humanidad de las personas y entroncar en sus sentimientos, revelándonos y descubriéndonos vulnerables, es un signo de esperanza.

Esa esperanza debe de ser la antesala de la resurrección, la vida eterna que intuimos y anhelamos. Y lo creo sin saber muy qué es lo que digo, pero convencido de que son necesarios ojos nuevos cada día para descubrir los gestos que nos la anticipan: el abrazo entre lágrimas, la mirada atenta, el silencio confundido y empático...


Hoy recuerdo todos los momentos compartidos con Maricarmen y con Pepe, lo que aprendí y lo que gocé. Recuerdo las sonrisas y las palabras, las bromas, las sorpresas, los pasos y los caminos que anduve con ellos. Recuerdo todo y lo contrasto con lo vivido estos días. Y sé, como sabía Susana, que hay cosas que nunca mueren. Y que es precisa la vigilia en el corazón, porque, ya lo decía Aristóteles, la esperanza es el sueño del hombre despierto.