Paseo por las calles y me fijo en las personas. Todos andan atareados, ocupados en sus cosas: unos caminan deprisa, con su rumbo muy fijo, el ritmo de sus pasos marcando también la propia vida; otros sencillamente avanzan titubeantes, arrastrando los años y la experiencia de quien también tenía claro adónde iba tiempo atrás. Muchas veces me sorprendo observando atentamente a los indigentes que buscan en los cubos de la basura. Ésos no van a ningún lado, van simplemente, como decía Kerouak. Los contemplo con extrañeza y con lástima, porque los veo tan estudiosos de la basura, tan centrados en sacar lo útil de lo que otros han desechado… los veo tan buscadores…

Al fin parece que encuentra algo. No hay alegría en su semblante, sólo la expresión del trabajador que hace su tarea. El buscador ha encontrado algo, pero sigue buceando en el contenedor.
Entonces vuelvo a mirar a la señora con la compra, que se aleja; al ejecutivo del traje y la corbata, que sigue hablando por el móvil y que saluda rápidamente a alguien, quizá sólo una relación laboral de sonrisa obligada; los niños que se reían siguen su camino de la mano de una chica joven con un piercing en la nariz. Y me miro a mí mismo, parado en medio de la calle, disimulando lo que hago, que es observar, esperando a nadie y, al tiempo, encontrándome con todos los que cruzan. El indigente sigue su tarea, y siguen apareciendo cosas irreconocibles: bolsas, plásticos, metales y algo de comida.
Y pienso, en un segundo breve y fugaz, que de entre todos los que se han cruzado en su camino, esta persona es la única que tiene consciencia de estar buscando. Los demás, en cambio, no la tenemos.
Saber que buscamos, y qué buscamos, es posiblemente la labor más importante de nuestras vidas, porque de ello depende que tengamos o no el sentido del camino.
Discernir... nada más allá ... todo en las realidad envolvente de las mismas cosas...no hay más metafísica que el fundamento último de que traemos entre manos... Gracias¡¡¡ qué alegría este blog hermano¡¡¡
ResponderEliminarCuando trabajaba en Mérida los viernes ibamos a comer al McDonalds. Un día en la puerta encontramos pidiendo a un indigente. Nos pusimos de acuerdo los compañeros en darle uno de los tickets restaurante que nos daban en la empresa, de 7€, para que se pudiera comprar comida. Tras recibir el ticket, el indigente salió corriendo como si le hubiera tocado la lotería. Le perdimos de vista en la lejanía. Luego le vimos interactuar con un vehículo a lo lejos y después volvió a su puesto a mendigar.
ResponderEliminarEn otra ocasión, esta vez en Madrid, pasó más o menos lo mismo. Un indigente en la puerta de un Burguer King. Le compramos un menú entre los compañeros del trabajo y se lo dimos en mano. El indigente salió corriendo con el menú en la mano y le perdimos de vista. ¿Se lo comería?
Yo tengo algunas preguntas acerca de los indigentes a las que no hallo respuesta, pero en general, me dan mala espina.