Me colé entre la gente que
iba apareciendo… ¡eran tantos! Yo también me había puesto el traje de fiesta,
así pasé desapercibido. Viejas caras, antiguos lazos que volvían a la vigencia
primera. Os miré despacio, primero a ti, luego a ti, y supe que vuestros ojos
me daban razones de cada persona. Todos estaban invitados porque eran
importantes, así se lo hicisteis saber. Y sé que ellos sintieron la pequeña
chispa de lo especial, de ser llamados por su nombre, mucho tiempo antes.
Por fin entrasteis. Sin
protocolos, sin liturgias vacías, solo lo que para vosotros tenía sentido y
simbolizaba vuestros pasos: las imágenes colgadas, una decoración especial
traída de lejos, compartida con otros y que lucía los desgastes del uso.
Exposiciones de fotos que recorrieron institutos y facultades para comunicar
vuestra experiencia en el Perú, aquel día había sustituido al via crucis de la
Parroquia de Guadalupe. El día anterior habíais recurrido a los amigos cercanos
para formar el mejor coro que nunca se pudo tener, para llenar de puestos extra
la iglesia y que nadie quedara de pie. Nadie, excepto yo, que prefería sonreir
desde lejos, observaros en vuestra salsa, con la familia extensa y próxima de
la que os sentís orgullosos. Os miré con ternura cuando subisteis al altar para
abrir vuestro corazón (ya era solo uno) y cuando escuchabais en silencio,
atentos, cada ladrillo que alguien puso en la casa de cartón.
Sí, incluso en vuestra
foto, la que preside vuestra habitación, la que quisisteis que fuera la foto de
boda, aérea, personal hasta el extremo, incluyente, ahí también estaba yo. Si
os fijáis bien, me encontraréis. Recorred las caras, los rostros, las
historias. Mirad en el centro, en la alegría que os rodea, en el convencimiento
profundo, que nace de lo hondo, de que queríais celebrar el amor, hacer de lo
ordinario lo excepcional, porque lo merece. Ahí estuve, y ahí me encontráis.
Mirad despacio.
Sigo descubriendo en
vosotros la razón última de la vida humana: el cariño, la opción, el afecto, la
entrega, el servicio… Vosotros hacéis que sea grande mi dicha, que mi nombre
sea Amor y que, por encima de todo, el tiempo sedimente y atesore una riqueza
que no se corrompe. Lo sé por vosotros, y por tantos como vosotros.
Hoy os tengo presentes,
porque hoy también estoy con vosotros. Felicidades.