Me
encanta ser científico. Es una vocación que descubrí cuando era muy pequeño: la
perplejidad ante la naturaleza, la capacidad de sorpresa, la mirada atenta a
los cambios y el sentimiento de oculto testigo de lo que acontece. Luego vino
la belleza de las letras, el encanto de los cuentos y lo hermoso de la poesía.
Pero era siempre, aunque no lo percibiese de manera clara, la expresión
profunda de que la vida contenía un tipo de música que, a veces, resonaba en
los corazones por medio de instrumentos increíbles: versos y palabras, certezas
y preguntas…
Puede
que uno de los aspectos que más me han reafirmado en mi opción por la ciencia
sea el descubrimiento nada fortuito de la conexión que existe entre lo visible
y medible y lo sugerente de las mal llamadas humanidades (como si lo otro ni fuera arte ni fuera humano). Porque las dos esferas del saber humano
se interconectan por cuestiones que superan ampliamente lo que una y otras
comprenden. Ya queda lejos aquel primer curso en que el profesor hablaba desde
la tarima y se preguntaba qué es el espacio.
– El espacio –decía- era para
Newton una caja sin paredes, una especie de mesa sin bordes. En ese mismo
momento supe que no me había equivocado de carrera. Si Newton definía el
espacio de ese modo tan metafísico, no estaba lejos de San Agustín en su famosa
duda sobre el tiempo “¿Qué es el tiempo? Si no me lo preguntan, sé lo que es.
Si me lo preguntan, no puedo contestar”. Uno y otro, separados por cientos de
años, en polos aparentemente opuestos de la historia del pensamiento humano,
responden de manera sospechosa e inquietantemente análoga a estas dos
preguntas.
El
tiempo y el espacio, dicen los que saben de esto, son dos de nuestros
existenciarios. Son categorías en las que nos movemos y somos, fuera de ellas
no existimos, y solo podemos vivir y percibir desde ellas.
Cuando
pienso en la caja sin paredes de Newton lo único que me imagino es la ancha superficie
del infinito, extendiéndose ilimitadamente, a un lado y a otro de la mirada.
Perdido en medio del cartón ocre (cada uno imagina como puede), la idea que me
queda es la de amplitud. Y algo así me sucede con el tiempo: la única verdad es
que avanza, que siempre hay más tiempo, que nunca llega el abrupto final en que
todo colapse.
Hace
unos años hice un viaje en autobús desde Madrid a Palencia. El trayecto no es
muy largo, y la compañía de transportes había destinado algunos de sus viejos
coches para cubrirlo, ya que la incomodidad del camino se compensaba con
tarifas razonablemente bajas. Yo ya me había sentado en mi sitio cuando un
señor mayor se me puso al lado y me pidió permiso para ocupar el asiento de la
ventanilla. En su esfuerzo por pasar en la estrechez de las filas de butacas,
prietas entre ellas como cuando no se conocía el mal de la clase turista, ese
anciano expresó con naturalidad una de esas frases lapidarias que atesoro: “¡Con
lo grande que es el mundo que tengamos que estar aquí apretados!”. En su
momento me hizo mucha gracia, y la he repetido en muchas ocasiones. Pero hoy
valoro su verdadera trascendencia.
El
mundo es grande, es cierto. El espacio infinito de la mesa sin bordes de Newton
no se acaba así como así. ¿Por qué entonces nos empeñamos en vivir en espacios
tan minúsculos? Nos encerramos en espacios personales que nos dan seguridad,
pero que en el fondo nos aíslan de los otros; subsistimos con esperanzas
raquíticas, con sueños de corto plazo, o tan lejanos que se escapan de nuestra
mirada y se esfuman como niebla en la mañana. Aprendemos a movernos en el inmediato conocido, cercado cercano, como si
lo mejor sucediese en este estrecho círculo que vamos dibujando en el suelo de nuestras vidas, que con el paso de
los años cada vez presenta surcos más profundos y barreras más altas.
Vivimos
en los tiempos sesgados, castrados de posibilidad. Como si nuestras decisiones,
más que definirnos en el contraste de lo que somos, delimitasen y recortasen lo
que se puede pensar.
Y no es así, porque siempre queda tiempo para
reconstruir lo roto, para rehabilitar lo dañado, para reinventar la realidad en
la que nos movemos.
El
tiempo sin límites, el espacio largo y ancho, la certeza de que nada se acaba,
de que todo se puede rehacer y de que se puede nacer de nuevo a cada instante,
esa idea es la que vibraba detrás de las palabras del viejo de Palencia. Hacer
del existenciario nuestra posibilidad
y nuestro reto, más que nuestra cárcel, esa es la esperanza que transmiten los
conceptos de Agustín y de Newton. Y ese es el nexo entre la ciencia y la
palabra, la unión que da sentido al saber humano. Conocer para responder a la
vida, desde la vida, para asumir que el tiempo se renueva a cada instante y que
el espacio, aunque no queramos, surge con fuerza a cada paso que damos.
Las segundas oportunidades son propias de los humanos.