Cuando
cuento que estoy en un movimiento cristiano la gente se me queda mirando con
expresión escéptica. No sé qué llama más la atención: si lo de cristiano, que
hoy cotiza tan a la baja en medio de mareas financieras y exabruptos
episcopales; o lo de movimiento, acostumbrados como estamos a vivir en la
parada, en lo estático o, con suerte, en la inercia. Algunos de los que me
miran raro cuando declaro mi pertenencia a Profesionales Cristianos (PX) lo
hacen, sin duda, por el apelativo creyente. Pero estoy seguro de que otros
muchos me identifican con las revoluciones pendientes del siglo pasado o con
organizaciones simbólicas pasadas de moda entre la gente decente. Léanse
partidos políticos, sindicatos o asociaciones. Las perplejidad de las dos
miradas me reta, en uno y otro caso, a explicar bien aquello que Marina decía,
recordando a Russell, por qué soy cristiano.
Ayer
celebramos en la casa de dos compañeros de PX la última de las reuniones
dedicadas a compartir los proyectos de vida. La experiencia sobre caminar
juntos ya la narré hace un tiempo, así que no me detengo en su riqueza. Hoy
quería entresacar la frase que dijo Jofe, que nos acogía, a modo de reflexión
lapidaria. “A veces me pregunto por qué siempre estoy en las causas perdidas”.
La entresaco y la ensaco, en la mochila de las verdades sugeridas.
Las causas perdidas de mi amigo Jofe se pelean en el terreno político de su
pueblo, en el social de la calle, en el trabajo en el Instituto… sus molinos de
viento llevan nombres de grandes empresas y empresarios que tratan de imponer
un modelo de desarrollo economicista y obsoleto; llevan rostros de
administraciones públicas que vuelven la cara al sentido común, a la justicia y
a la opción por lo colectivo; están en lo oculto del día a día, en lo interno
de cada uno, y su derrota es sacar lo mejor del profe que quiere ser, lo mejor
de la concejalía que me han encargado y lo mejor del compañero, maestro y
acompañante.
Esas
son las causas perdidas que Jofe y Jini, su compañera, asumen como propias; las
que transmiten y contagian con la alegría de los que se saben en camino y en
marcha. Las causas perdidas que se iniciaron en lo profundo de la indignación
personal, en la rabia contenida de un estonopuedeser. Son luchas que
nacieron con el estigma de lo imposible, porque imposible es parar una
refinería; imposible es proponer un modelo distinto de política, siquiera en lo
local. Imposible es acostarse cada día pensando en cómo ser mejor profe para
los chavales y levantarse con ganas renovadas de empezar casi de nuevo, con más
y mejores ilusiones. Todo eso es inviable.
En el
atardecer de Los Santos de Maimona, en el hogar pequeño y sencillo, lleno de
vida, grande de sueños y pleno, las causas perdidas de Jofe vibraban en el aire
con la insatisfacción hambrienta de un mundo nuevo. Y, de alguna manera, yo
siento la conexión de lo posible en lo que surge, como milagro, detrás de las
luchas de gente así. Y contemplo el milagro cotidiano de alumnos que aprenden y
disfrutan, que encuentran respuestas en nuestra labor docente. Observo la chispa
increíble de partidos alternativos, como el CIS donde milita Jofe, o el M+J, que no se
cansan de proponer y de denunciar. Me interroga y me cuestionan las gentes que
no se rinden, como los mineros de León o como los estudiantes de la UEx
encerrados en la Biblioteca Central. Disfruto cuando leo que el 15M ha
recaudado el dinero suficiente para la querella contra Rato.
Y me esperanzan
los gestos que hacen que todo mantenga el aura luminosa de que existen motivos
para creer que hay causas que no nacieron muertas. Que no están perdidas.
Felicidades Jofe y Jini. Además de todas estas cosas, ambos optan por la agricultura ecológica, por el consumo responsable, por la banca ética, por el proyecto "Red de Jóvenes.Subiendo el Sur" desde sus institutos y colegios. Por una educación de calidad que no entiende de recortes. Enhorabuena a ambos y gracias por compartiros con los demás. Bonito post.
ResponderEliminarYo cuando sea mayor, quiero ser como ellos...
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