
Por ejemplo, los asuntos del corazón y de la
mirada larga. Las preguntas últimas que resuenan con fuerza en algunos momentos
de la vida, y que el resto del tiempo reverberan con cadencia sutil, un mensaje
de presencia y de ausencia. Esas preguntas que no se van por mucho que buceemos
en la normalidad del nunca pasa nada
o aceptemos resignados los designios más o menos caprichosos de una condición
mortal y pasajera como la nuestra. La muerte es siempre quien actualiza, a ratos
largos o cortos, nuestra melodía interna de búsqueda de sentido.
De la muerte nos habla casi todo el mundo.
Los medios que la narran fuera de la historia, espectacular y extraña,
poniéndola a toda página al tiempo que, de una forma casi paradójica, la ocultan
en su dimensión trascendente y cercana. También nos hablan las historias
cotidianas, los cuentos de debilidad, fragilidad y acabamiento, a menudo sin la
hondura que nos consolaría y pocas veces acertando las palabras justas. Por
eso, yo me quedo con los escasos momentos en que los curas atinan con dardos
certeros al corazón de las personas para dibujar, si no una respuesta
imposible, sí al menos un dibujo de esperanza que llega entre lágrimas. La
esperanza del que cree que la muerte no tiene la última palabra y, según dice
la plegaria, tiene el gesto y la palabra
oportuna ante quien se siente solo.
En efecto, la muerte nos habla de lo
absoluto, y en términos de fe, ese absoluto es Dios.
Y por eso digo que cuando los curas nos
hablan de Dios, también en esos momentos de dificultad, y nos tratan de mostrar
el rostro humano del Padre, siempre tratan de transmitirnos esa idea tan
difícil y tan compleja, pero a la vez tan sensata y sencilla (raro, ¿no?) de
que Dios es amor.

Siento una certeza herética de que no es
sensato que los curas, que nos hablan de Dios cuando la gente pide respuestas,
y nos dicen que Dios es amor, no puedan dormir a sus hijos como yo lo hago en
ese preciso instante. Siento esa verdad interna, anclada en lo profundo,
segura, a la que puedo recurrir mil veces y mil veces con la lengua trabada me
veré inútil para explicarla, de que hoy yo sé hablar del Padre mejor que hace
un año y un mes. Hoy entiendo mejor el amor del Padre y me siento más hijo, y
sé también, como solo se puede saber lo que se experimenta desde lo hondo, que
qué alegría más inmensa saberse querido tal y como dice el Evangelio. Porque si
el Padre me quiere como yo quiero a Pablo, ¡cómo no hablar de Dios con palabras
de amor!
Luego dirán que nuestro amor humano es
reflejo del de Dios. Que amamos porque Alguien nos amó primero. Que el amor del
Padre es inconmensurable, infinito, ilimitado… Llenaron miles de libros
hablando del Dios Amor. De esos libros he leído demasiado poco. Pero la noche,
la nana y Pablo me bastan.