
Me he pasado los meses intentando pensar con los alumnos de Educación Primaria cómo ser un buen maestro de ciencias.
Yo vengo de la Ingeniería Química, de la
investigación aplicada en el laboratorio. Con una historia universitaria casi
estrictamente científica, he llegado a un espacio diferente y apasionante: la
didáctica de las ciencias. Aterrizo como un aerolito en una Facultad en la que,
al principio, me siento extraño.
Sin embargo, de manera casi inmediata, me doy
cuenta de que la formación de los docentes es una inquietud dentro de mí, algo
que me ha obsesionado calladamente y que ha compartido el espacio de mi
vocación profesional: cómo hacer para despertar curiosidad en el niño, para
apreciar la seducción de la ciencia, para abrir los ojos con fuerza y dejarse
llevar por la perplejidad de las cosas… ¡Tanto que hacer que me llena de
alegría la tarea!
Una de las primeras actividades que he
trabajado con los alumnos ha sido la idea del maestro: ¿qué maestro quiero ser?
¿cómo quiero comportarme con los niños? ¿qué enseñar? ¿qué aprender? ¿cómo ser
buen profesional? ¿qué idea de excelencia tenemos y cuál queremos cultivar?
Tengo el foro en el que cuelgan sus impresiones llenito de palabras que me
renuevan la ilusión por estos alumnos. Frases como esta:
Quiero ser una profesora entregada y dedicada, que transmita el verdadero valor de nuestra obra, para así demostrar que no sólo los arquitectos e ingenieros construyen un mundo, sino que somos nosotros, los maestros los que realmente formamos esos cimientos.
Descubren la vocación desde el
mundo en el que viven, desde el amor y desde la entrega. Ahora son alumnos
universitarios con muchas cosas en contra: la opinión generalizada de la
sociedad, que los lamina; la sombría perspectiva de un trabajo dudoso; el
esfuerzo descompensado en tareas que mínimamente tocan la labor del maestro… y
sin embargo, mirando en el foro sus nombres, veo los rostros de aquellos que
iniciarán a mi hijo en mundos apasionantes. En el aula, cada día, he hablado
con los que enseñarán a Pablo la belleza de los seres vivos, la ternura de un
poema, la sorpresa de la química cotidiana o el valor de las matemáticas. Por
eso, les respeto profundamente.
Y hoy, último día de clase,
reconozco mi derrota. Reconozco que no me aprendí sus nombres, más allá de un
puñado cercano. No sé cómo se llaman cada uno. Me queda mucho por recorrer.
Hasta ser como el maestro que me visitó el otro día y reconoció, por el rabillo
del ojo, al camarero encargado del bar de la Facultad.
- ¿Trabaja aquí Miguel? – me dijo al instante.
Miguel fue su alumno hace treinta años. Al
maestro le bastó una mirada fugaz para ponerle nombre e historia. Y entró en el
bar decidido, con la mano en ristre, para saludar al antiguo estudiante, que
también le reconoció.
Mi padre le dijo que ahora yo trabajaba allí.
Y yo descubrí que quiero aprenderme los
nombres de los alumnos, uno por uno. Por mi padre y por mi hijo.