
La
cuestión es que pronto volveré al despacho de la Facultad de Educación, a ver
otras caras de estudiantes que enfrentan su segundo o su cuarto año de carrera,
cada uno con su casuística y con sus circunstancias; cada uno consciente de su
individualidad y con una cierta exigencia de que se le trate, en fin, como
individuo. Algo que a los profes nos cuesta, porque cada día son más en clase
(el curso pasado, ochenta en cada grupo, y llevé cuatro), pero que sin duda es
el sello de calidad más preciso de una labor docente responsable y
excelente.
Como
digo, a punto de levantar las persianas del despacho, recuerdo una de las
últimas visitas que tuve en julio, avanzado el mes, casi en tiempo de descuento
para el descanso del verano. Se trataba de una chica que había aprobado por fin
una de las últimas asignaturas de la carrera. Venía para charlar conmigo y para
agradecerme el trabajo del curso. No es habitual recibir alumnos que no
quieran reclamar alguna nota, preguntar alguna duda o cuestiones similares.
Pero siempre hay algunos. Esta chica llegó, se quedó de pie delante de mí y comenzó a hablar. Pronto detecté que no se sentaba por pura vergüenza, que
gustosamente lo habría hecho para dar mayor entidad a aquella especie de
confesión improvisada que yo escuchaba primero por educación, después por algo
parecido a una ternura profesional.

Por
eso, a partir de ese instante, dejé de lado los prejuicios y los perjuicios.
Todos tenemos mucho que hacer. Entendí que, no sé si conscientemente, la
estudiante me buscaba para contarme. Porque la asignatura había sido importante
en su vida y, de alguna manera, en aquella media hora condensaba todas las
cosas que también lo eran en aquel momento. Y en medio estaba la clave para comprenderla globalmente, su particular
llaga.
Leí a
un autor que somos seres de luz. Que la vida y sus asuntos se ocupa de echar
lodo encima, tapando y ocultando la luminosidad que nos viene desde dentro.
Quizá la tarea sea retirar todo el cieno y liberar la claridad que nos ocupa,
aunque sea debajo de tantas capas. Quizá.
Sin
embargo a veces pienso que la verdadera grandeza sea aprender a mirar por las
rendijas, por las heridas que nos hacen humanos. Reconocernos en ellas,
compartirlas, integrarlas y hacer que de ellas surjan ríos de vida.
Pero de
eso ya escribiré en otro momento. Ahora voy a abrir el despacho.