sábado, 26 de mayo de 2012

Vota Juan Rodríguez


Los tiempos tumultuosos de manifestaciones, huelgas y protestas suelen ser buenos para las líricas del pueblo. Más allá de la identificación con el movimiento, uno no deja de asombrarse y sorprenderse del retorno cultural que emerge entre las pancartas y los lemas coreados. Últimamente, el 15M me da muchas alegrías, entre otras saber que la gente, las cabezas de las gentes, están más activas que nunca.

Ayer leía en una foto que circula por internet que “El maestro luchando también está enseñando”, con el soniquete conocido de las proclamas reivindicativas. Y el martes, día de concentraciones en la Universidad, los alumnos llevaron carteles donde se reproducían las portadas de la Fundación, de Isaac Asimov, y de 1984, de Orwell. Sí, los alumnos, esos de los que dicen los viejos que ya no saben hacer la O con un canuto, porque se ha perdido nivel, respeto, valores…  

El año pasado, por estas fechas, la Estación de Sol se llenaba de mensajes que citaban a Foucault, a Sartre, a Benedetti o a Sampedro. Curiosos los perroflautas que saben leer, escribir, y encima se les entiende…
Hoy me detengo en esas sentencias que encierran poesía, las propias quizá de tiempos que pasaron, pero que empiezan a aflorar en medio de un mundo en cambio. Y quiero compartir con vosotros la pintada que está en frente de mi casa, en un antiguo secadero agrícola. En mi presentación lo decía: vivo en un pueblo que a duras penas supera el cuarto de centenar de personas, lo que son cinco calles trazadas con tiralíneas, como se hacían en el Plan Badajoz a mediados del siglo pasado.  Es una comunidad pequeña, donde todos se conocen porque muchos son los primeros que llegaron, con sus bártulos, a recibir el cacho de tierra, la yunta de bueyes y la casa pequeña que les prometió el Gobierno. Vinieron desde los pueblos cercanos: Olivenza, Valverde… y a ellos vuelven con cierta frecuencia, algunos de ellos definitivamente, porque nunca dejaron de ser emigrantes que huían de la pobreza y buscaban oportunidades. Y ahora, la oportunidad está en las ciudades más grandes.

Pues bien, en ese secadero en ruinas aparece un graffiti antiguo, muy descolorido, pero perfectamente visible: Vota Juan Rodríguez. Yo no sé quién será el señor al que hace referencia, ni por qué ni a qué cargo había que votarle. No sé cuáles serían las elecciones, ni su importancia, que hizo que alguien consignase en el muro del secadero de la calle San Andrés semejante mensaje.
Pero en el contexto en el que se dio, de primeras elecciones, de pueblo pequeño y de gente sencilla, el tal Juan Rodríguez me recuerda un tiempo diferente al que hemos vivido hasta ahora. Me sugiere el momento histórico en el que España supo que podía decidir, que la ciudadanía volvía a ser importante y que la gente tenía que apostar por construir, siquiera desde el voto, el Estado y el País que queríamos. Ese tiempo en que cada cual arrastraba y arrostraba la utopía, encerrada en nuevos eslóganes que nunca soñamos pudieran volver a ver la luz sonora de lo comunitario. Un período en el que hasta el desecho muro de un antiguo secadero podía ser vocero de nuestros ideales, y hasta los pocos habitantes de un pueblo extremeño eran ciudadanos que estaban también en el proyecto político compartido: el de la democracia.

Ojalá el revulsivo de la crisis, la carencia, los recortes y la indignación traiga al menos esa iniciativa propia de los que quieren seguir adelante, superando los obstáculos y las dificultades. Ojalá la regeneración de lo político esté cerca, y recuperemos entre todos nuestra responsabilidad en lo comunitario y lo colectivo. Lo que es de todos.

sábado, 19 de mayo de 2012

Contando cuentos


Hace unos años leía en algún sitio que las personas tenemos estructura narratológica. Uno se queda mirando esa esdrújula tan extraña, la lee por delante, por detrás, descubre sus raíces, medita… y al final, entiende que no entiende mucho. Na-rra-to-ló-gi-ca, es decir, que la estructura personal (que ya es un concepto difícil) funciona según esquemas de narración. Ahí lo tienes…

Luego va pasando el tiempo, y lo que parecía tan complejo se vuelve más fácil; incluso encuentras  los ejemplos que hacen que la teoría se haga sencilla. Le oí decir a Saramago que uno no es ni su oficio (soy ingeniero), ni su parentesco (la mujer de, el marido de), ni siquiera su propio nombre. Uno es lo que trasciende a todo eso, lo que lo engloba, integra, unifica y presenta. Uno es su historia.

Luego también me enseñaron que Ortega defendía que la historia y la cultura es para los hombres y mujeres como la naturaleza para los animales. Y finalmente, en alguna misa, oí la lectura del Deuteronomio: “Mi padre era un arameo errante. Bajó de Egipto y se estableció en allí como extranjero con poca gente…. El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte…” 

En el fondo, todos dicen lo mismo: lo que verdaderamente nos importa en la vida, la pregunta fundamental de las existencias se contesta con lo que nos sucede. Narramos nuestra experiencia, nuestra historia, para explicar lo que somos, en lo que creemos o cómo vemos la realidad. El relato, la narración, el cuento, son las herramientas humanas más propias para explicar lo que somos, lo que nos sucede y dónde nos movemos, la realidad.

Por eso, las respuestas humanas a las preguntas últimas siempre se han respondido con cuentos. Cuando los griegos se sorprendían ante la realidad y necesitaban la explicación mítica, la narración de los dioses y de los tiempos primeros era la vía poética para entender lo que pasa. Bien es cierto que, al contrario de lo que mucha gente piensa, estos relatos eran metafóricos, una forma  concreta de explicitar lo abstracto; pero ellos no podían hacerlo de otro modo, y así, las respuestas ansiadas llegaban, de alguna manera, al entendimiento de las personas.

Hoy también contamos cuentos. Los antropólogos sociales, que de esto saben mucho, lo dicen con cierta continuidad: los europeos no somos diferentes a las tribus subsaharianas en lo que toca a creencias y a mitos, por mucho que nos empeñemos. ¿Dónde está escrito el valor supremo de la vida, a pesar del sufrimiento o del dolor? ¿Por qué no se nos ocurre cuestionar la competitividad como modo de obtener los mejores rendimientos? ¿Quién ha dicho que el único modo de triunfar es el mayor beneficio a menor coste/riesgo?
Ésos son algunos de los cuentos que nos cuentan para interpretar la realidad, para que no haya pensamiento disonante ni alternativa a lo establecido. Esta es la religión que se nos enseña cada día, al encender la tele, al leer los periódicos o al integrar los valores que nos transmite gran parte del cine actual.

Por eso debemos construir otros relatos, contar otros cuentos que legitimen y soporten otros mundos posibles. Debemos contar el cuento de la igualdad, de manera que se caiga el mito de que unas personas valen más que otras. Debemos contar el cuento de lo colectivo, de que lo de todos es mejor que lo mío para que lo mío sea mejor. Debemos contar el cuento de lo verdadero y lo bueno, más allá de lo que convenga a cada cual en cada momento. 

Yo conozco  cuentistas de la esperanza que hoy se sientan en las plazas, narradores de voz en off que trabajan en lo oscuro de las trastiendas políticas, poetas que observan en silencio lo que duele y garabatean versos de posibilidad. ¿Qué rima con Renta Básica, Banca Ética, Tecnología Apropiada, Educación Universal, Derechos Humanos?

Construir esos relatos será lo único que rompa las historias aprendidas. Y ésa será la Historia.

martes, 15 de mayo de 2012

La plaza


Está de moda eso de sentarse en las plazas a soñar un mundo diferente. Lo vemos en los periódicos todos los días, la gente lo comenta en la radio, incluso vemos imágenes en la televisión de jóvenes que se sientan y protestan de ese modo tan peculiar, tan nuevo y tan imaginativo de la resistencia pacífica. Se sientan y hablan, a veces cantan, a veces gritan… y no sé por qué me llega una ilusión esperanzada de que las cosas pueden ir a mejor. Pero sólo es una ilusión… estos chicos deberían organizarse de otro modo.

Nuestra sociedad tiene normativas y modos de funcionar que capacitan a cualquier ciudadano para presentar sus propuestas ante los foros adecuados. Todos podemos llegar a nuestros representantes, más ahora que se muestran accesibles a través del correo, y participarles de lo que queremos cambiar, de las cosas con las que no estamos de acuerdo; incluso podríamos hacerles ver perspectivas que ellos no tienen por su posición, lejana y quizá distante. Pero es necesaria organización…

Hoy estuve paseando entre ellos, con ese ambiente que se respira… la juventud destila fuerza y ganas, pero también relajación, permisividad, contraculturalidad… ¿es necesaria esa estética transgresora? ¿no hay entre ellos nadie “normal”? ¿por qué lo sucio, los pelos, las ropas, los humos…? Personalmente creo que podría firmar muchas de sus propuestas, pero no me siento integrado en su movimiento. Y creo que es excluyente, porque, por más que repiten sus himnos y sus propuestas, yo no veo más que una serie utópica de reivindicaciones que poco tienen de realistas. El mundo es como es ahora mismo ¡no queráis cambiarlo tan rápido!

Las alternativas de sociedad son necesarias, pero no concibo que de esos foros salgan verdaderas acciones transformadoras. ¿Cuánto durará este movimiento? ¿A dónde nos llevará? ¿Cómo explicitarán en políticas concretas esas peticiones tan fuera de la realidad? Dicen que quien no es revolucionario a los veinte, no tiene corazón; quien lo sigue siendo a los cuarenta, no tiene cabeza. Yo ya estoy más cerca de los cuarenta que de los veinte, pero me gustaría que algunas de las cosas que piden se hicieran realidad, si no para mí, sí para mis hijos. Pero no estoy para sentarme en las plazas y debatir, discutir, estudiar o alzar cantos.

Siempre hay quien dice que las cosas no cambiarán, que nada de estos movimientos pasa al futuro, que se quedan como fogonazos en la historia, como pasó en Francia en el 68. Posiblemente sea así de nuevo esta vez, y sus proclamas se queden en felices pensamientos de otro mundo posible. No obstante, no niego que me impresionan los jóvenes, que de alguna manera disculpo su aspecto estrafalario, las grandes incomodidades que causan a los comerciantes de la zona o los costes tan enormes que acarrean a la hacienda pública, porque movilizar tanta policía en estos tiempos seguro que vale un pico. Y me sorprende muchísimo… A mí me gustaría que mi hijo viviese en un mundo como el que ellos anuncian, donde los valores que defienden se hicieran realidad. Pero el mundo no es así, ni creo que lo sea nunca. Por eso, hoy día, la utopía se convierte en irresponsabilidad: ¿cómo que declararse insumiso? ¿cómo que renuncian a la violencia? Si mañana hay una guerra y no vamos nadie, ganarían los rusos.

Soñar un mundo como el que quieren estos jóvenes es bonito, pero irreal. Siempre ha habido “mili”, y eso será por algo, ¿no?

 Posible entrada del diario de un español a mediados de los ochenta, 
al digerir las escenas de la flor y el fusil 
y asistir atónito a las primeras insumisiones.


  
A raíz de la Guerra de Vietnam, en Estados Unidos tomó forma un movimiento social que pretendía un nuevo mundo pacificado, donde algunas de las reivindicaciones eran tan descabelladas como la abolición del servicio militar obligatorio. En España, bastantes años después, el movimiento pacifista cuajó y adoptó rostros transgresores y contraculturales: los insumisos. Muchos de ellos acabaron en la cárcel, y la sociedad española no estaba preparada para una alternativa tan humana y tan de derecho y recibo. Sin embargo, hoy mis padres y los padres de muchos treintañeros han visto cómo sus hijos estudiaron y trabajaron, prosperaron y no tuvieron que hacer el Servicio Militar Obligatorio gracias a la lucha cercana de unos cuantos hippies.

A todos los perroflautas que acampan, y a todos los que no lo hacen, ni parecen perroflautas.
A todos los que siguen creyendo que el mundo no está acabado y son capaces de ver el horizonte: Gracias. 

Porque el mañana está en vuestras cabezas y en vuestros corazones.

viernes, 11 de mayo de 2012

El derecho al delirio

Uno de los libros más audaces y recomendables en los tiempos que corren es el Patas Arriba, de Eduardo Galeano. No sé, para ser sinceros, si en el acerbo de su ideología se encuentra previamente el concepto en el que hoy me detengo. Yo lo descubrí hace ya varios años, más de los que quisiera y menos de los necesarios, y cada día que pasa me doy cuenta de la urgencia de reivindicar el derecho al delirio.

Delirio como ensoñación utópica, quizá ilusa, quizá falta de realidad. Delirio como mirada lejana, con amplitud y con hondura; ojos fijos en el horizonte y frente alta, llena de pájaros que vuelan todavía más alto y más lejos. Delirio como acción, delirio agente de cambio y delirio, al fin, como sentido interno de la transformación que nos puede devolver la humanidad.

El derecho de Galeano es el derecho a un mundo nuevo, derecho re-hecho para cuando el mundo esté al derecho. Delirio de justicia, gratuidad y virtud; pérdida de lucidez capitalista para ganar luces personales y vitales. Ese delirio me pertenece, y lo traigo y lo llevo encima, porque lo veo cada día como algo más que un ensueño.
 
Y ahora que vibran las voces del aniversario del 15M, yo veo el delirio de una nueva ciudadanía, activa, participativa, atrevida y militante. La gente de siempre, la que siempre sorprende, sale a las calles y toma el espacio público, una metáfora preciosa de la necesidad apremiante de recuperar lo colectivo, lo que es de todos. El 12M es el germen y a la vez el fermento de un futuro que es ya presente: el de los que claman por que se instaure el sentido común y de justicia en nuestros modos de convivencia.

Lo que voy descubriendo en medio de tanta desvergüenza y sinrazón es que la utopía anida en lugares insospechados, crece en medio de la mala hierba (la cizaña evangélica) y se instala a pesar de todo. Por eso, tengo derecho a compartir el delirio de una política puesta al servicio de todos, y especialmente de los que van a la cola de la historia, acaso rendidos al borde de los caminos. Para mí, los más locos de todos éstos son los que luchan desde formaciones pequeñas y vocacionadas exclusivamente al servicio de otros, como el Partido por un Mundo Más Justo (M+J), que sueña con superar la ideología y sustituirla por fraternidad y justicia. Y es delirante porque en todas las elecciones sacamos más votos que los propios y cercanos; los corazones de las gentes se acercan y se manifiestan pidiendo cambios.

También están aquellos y aquellas que creen que no todo está perdido, y militan con alegría y muchas decepciones en los partidos habituales; o colaboran con ellos, sin perder su independencia. De éstos conozco varios que transmiten esperanza en los políticos, porque ellos ejercen como tales y procuran situar el bien de todos por encima de sus intereses. Concejales, Directores Generales, Secretarios y Viceloquesea, el cargo les queda pequeño porque lo grande es su trabajo y su esfuerzo.

Y como los circos malos, esos humanos extraños que quieren que las cosas mejoren desde la calle, desde las ONGs, desde lo colectivo... repiten en otras iniciativas que pretenden, persiguen, promueven y proponen el cambio de lo que anda oliendo mal en torno a nosotros. Por eso surgen voces como las del Proyecto FIARE, banca de economía alternativa, solidaria y justa, que recoge lo mejor de la tradición cristiana de las Cajas de Misericordia y concibe la economía como algo viable para el hombre que no es lobo.

Somos muchos los que creemos estar locos, porque nuestra mente viaja más rápido que nuestras manos y vemos ya los signos de que todo tiene que cambiar. El consumo, la tecnología, la educación, los votos, los dineros, las acciones, la ecología, la religión, etc. Son delirios a los que tenemos derecho para caminar. Los iré trayendo poco a poco a este espacio que no deja de ser algo quimérico. Es el desvarío de pretender que la esperanza se contagia, que lo posible es real, que ya está aquí la utopía. Que solo tenemos que abrir la puerta, porque hay voceros que la anuncian. A ellos, portadores de buenas nuevas, les debo mi vida.

viernes, 4 de mayo de 2012

Lo increíble


 A veces el cine nos regala momentos que condensan lo más bonito de la vida. Es el caso de la película de animación “Up”. Advierto que esta entrada puede reventar parte de la sorpresa y el encanto del film, pero no me resisto a traerla aquí para hablar de lo que yo quiero.

La peli tiene quince minutos iniciales que para mí son de lo mejor que he visto. No es que yo sea un experto cinéfilo, pero me apoyo en las opiniones de otros; Javier Bardem las calificó como “síntesis de la mejor historia del cine”. Yo solo veo que lo profundo de la vida emerge entre colores, con toda su viveza. En esos primeros momentos se nos regala la historia de una pareja desde su principio en la niñez inocente hasta que ella parte en la vejez compartida. Y él, en la casa que hicieron juntos, descubre la antigua libreta donde apuntaban sus sueños, sus esperanzas y sus ansias de libertad, proyectadas en viajes y aventuras como las que leían cuando eran adolescentes.
La vida no permitió a esta pareja materializar los viajes. Por un motivo o por otro, nunca pisaron África juntos, ni se internaron en selvas misteriosas, ni descubrieron cataratas escondidas… Su camino fue más pausado, más silencioso, como encargados de un zoo, vendiendo globos de helio a los niños visitantes. Sin embargo, la última hoja del cuaderno se desliza, pocos segundos antes de que la peli acabe, y deja ver las últimas palabras de la mujer: Gracias por la aventura.
 
Hoy quiero recuperar esa imagen de gratitud y de alegría, y sobre todo de profundidad y humano sentimiento. La historia me cuenta algo y me confirma lo que cada día voy experimentando poco a poco, con la intensidad creciente del niño que arranca el papel de un regalo envuelto, la mañana fría de Reyes.

Conozco muchas personas, muchos amigos y muchas gentes que han compartido conmigo algún momento de sus vidas y ahora se encuentran lejos. Las redes sociales nos devuelven con cierta frecuencia las noticias remotas de quienes están experimentando el sueño de los viajes, de lo exótico, de lo extraordinario. Algunos me escriben desde paraísos sugerentes  con nombres difíciles y dorados: Dubai, París, India, China…. Viven lo increíble: conocer gente de otras culturas, compartir experiencias, enfilar la punta de lanza de su éxito profesional… Y lo viven contentos, felices, completos y entusiasmados. Y yo me alegro profundamente por ellos.
 
También yo tengo lo increíble, que voy descubriendo y que cada vez se me muestra con mayor claridad. Tengo lo increíble de vivir en un pueblito pequeño, donde la lluvia, cuando cae, lo hace en el patio de mi casa. Una casa de paredes gruesas y 50 años a sus espaldas. Tengo lo increíble de encender la chimenea con Angelines, mi compañera y mi amiga, que pronto traerá de la mano a Pablo, nuestro futuro común. Tengo lo increíble de mirar en profundidad los procesos de las personas, de amistades cuya edad se cuenta en décadas, de gentes que trabajan contra toda esperanza por que el mundo sea mejor, y ponen sus vidas al servicio de ese sueño.
Lo increíble está ahí, en Badajoz, donde mis padres han ejercido el cuidado y la ternura con grandes y chicos. Lo increíble es la casa que han construido entre los dos, integrando a tantos, a donde mi hermano y yo volvemos para ver pasar el tiempo con ellos; y adonde siguen llegando nombres y rostros. Y hacen increíble el camino y la vida, y me transmiten la certeza sin palabras de que hay pilares inquebrantables que nos soportan a todos.

Hace muchos años me surgió una pregunta que me acompaña desde entonces. ¿Cómo contar lo que vivo, cómo trasladar esa seguridad de que hay elementos internos que hacen que lo exterior se ponga  al servicio de la vida plena, grande y rica? Llevo desde entonces queriendo escribirlo, pero se me resiste, porque siempre me parece poco convincente… Pero claro, ¡es que es increíble!

sábado, 28 de abril de 2012

Defender la alegría


Siempre que leo el texto de Benedetti me envuelve el rumor sincero de que este hombre era un profeta. Los versos corren dibujando un lienzo increíble, audaz y bello, que llena los ojos de sueños compartidos y que me conecta con lo que muchos otros ya han pensado y vivido: que estamos llamados a ser constructores de anhelos y transmisores de esperanza.

Vivimos tiempos donde el terrorismo se experimenta en los pasillos, en las palabras y en las miradas que solo persiguen hacer caer los motivos por los que las personas se levantan cada día. El discurso cainita que desactiva la ilusión con la facilidad de quien no tiene nada que perder, porque su deseo es que los demás pierdan.

Ante lo fácil del desconsuelo, tengo la intuición de que lo verdaderamente humano es transmitir que todo puede ser, que en momentos de precariedad y de suelos inestables, y de tristezas y desconciertos, lo único que nos hace hombres y mujeres de bien es llevar y transmitir la alegría como principio, destino y bandera. La alegría de Benedetti, que se hace fuerte al luchar por lo viable, que acompaña y que se desenvuelve como derecho de las gentes. Quizá esta alegría no sea más que el puntal firme y decidido de que otro mundo es posible, porque lo posible es cierto.

Puede que la alegría sea más camino que meta, lo que hace  que merezca la pena la lucha y el desvelo tan solo por acariciar la utopía con las yemas de los dedos antes de que se esfume, como siempre, obligándonos a caminar detrás de ella.

domingo, 22 de abril de 2012

Conmemorar la vida

La cosa de la crisis, los recortes, el discurso de la austeridad y la contención del gasto…. toda esa cantinela machacona que cada día nos martillea desde mil medios a veces tiene quiebros sorprendentes. Hace un tiempo leía en el periódico local, el HOY, la noticia de que el Ayuntamiento ha encargado a un escultor pacense la construcción de un monolito (u obelisco, no tengo muy clara la diferencia) que nos recuerde y celebre la batalla de Badajoz en la Guerra de Independencia contra los franceses. En el diario el autor desglosa todos los porqués de la piedra: las cuatro caras como los cuatro ejércitos; el material empleado, que es autóctono, etc. Y esta decisión ha traído cola en los comentarios del personal, diciendo que no está el horno para bollos, y mucho menos para piedras celebrativas.

No sé si a raíz de esta última adquisición o por otros motivos, lo cierto es que el grupo de la oposición, el PSOE, ha requerido a la corporación municipal la elaboración de algo así como un proyecto de Badajoz Monumental, un programa que armonice las estatuas que adornan nuestra ciudad en recuerdo de acontecimientos y efemérides pasadas, que nos ayudan, dicen, a entender el presente y el cómo somos ahora.

Yo paseo en silencio desde el Parque de la Legión, el emplazamiento elegido para el monolito, un lugar que fue testigo de la cruenta toma militar a la que se vio sometida la plaza. Ahora los árboles transmiten una quietud que yo asocio con los ratos que pasaba junto a mi abuela cuando era niño, en el mismo parque, desde una perspectiva diferente. Un poco más arriba, en la misma calle, se erigen cuatro estatuas de Juan de Ávalos que conmemoran a los caídos en la batalla de la Guerra Civil, cuando las tropas franquistas entraron a sangre y fuego por la Puerta de Trinidad. Continúo caminando y me encuentro una moderna escultura metálica, delante del Palacio de Congresos, que recuerda a los represaliados en la posguerra. Es una estructura que proyecta forma de rosa todos los 14 de agosto.

En ese punto quiebro mi paseo y avanzo hacia un edificio en construcción. Se llama “Los naranjos”, y es un bloque de viviendas de lujo que crece con su esqueleto de cemento y ladrillo poco a poco. Las vicisitudes económicas han hecho de esta obra algo largo, que los pacenses podemos ver día tras día. El nombre le viene de lo que había antes en el mismo lugar: la clínica “Los Naranjos”. Antes de pasar a manos de una fundación privada, la clínica fue el centro sanitario de la Cruz Roja donde a muchos, incluidos mi hermano, mi mujer y yo, nos nacieron.

Me quedo mirando los pisos abiertos, porque todavía no tienen paredes, detrás de una valla publicitaria que adelanta un espectáculo prometedor de hogares felices. Y pienso si a nadie se le ha ocurrido levantar en ese sitio un verdadero memorial de la vida. Un monumento que celebre y recuerde a tantos y tantos niños que han abierto sus ojos por primera vez en aquella clínica que hoy se me aparece lejana, entre neblina del pasado. Una escultura, una inscripción, una placa, que conmemore que ése es sitio de vida, lugar de nacimiento, de esperanza en el futuro.

¿Por qué celebramos tanto la muerte, la ausencia y la tragedia? ¿No sería mucho mejor, más humano y más divino, asumir y celebrar la vida que se abre camino cada día, lo que de esperanza y alegría tiene el estar vivo? Quizá nos cuesta, como nos cuesta siempre, entender el milagro de lo habitual y alegrarnos en la certeza de que la vida triunfa, a pesar de todo.

Despedir el pesimismo también pasa por descubrir la necesidad de hacer visibles los gestos increíbles, que no por cotidianos dejan de ser milagrosos, bellos y extraordinarios.






lunes, 16 de abril de 2012

La dinámica de lo posible

Con esto de la Pascua vuelven a aflorarme algunas ideas que se hacen recurrentes en los últimos tiempos, quizá catapultadas por resortes escondidos que se accionan ante tantos estímulos negativos. Y es que vengo comprobando que el personal está desolado, más que nunca; los comentarios son siempre de resignación ante el oscuro panorama de recortes y economías que se hunden, de primas de riesgo (quizá el riesgo esté en hablar de cosas tan raras) y en los ataques de los mercados al estado financiero del país.

Nos dicen constantemente que no se puede hacer otra cosa. Los ajustes son dolorosos, pero necesarios. El paro imparable, y los números de las cuentas públicas son públicamente rojos. La insistencia de los líderes es inigualable: no cabe otra opción, es el sacrificio obligado de una sociedad que se pensó más de lo que era, y ahora tiene que pagar la diferencia. Una educación para todos, una sanidad universal, una prosperidad basada en el equilibrio entre clases, son engañosos espejismos en el horizonte que nunca llegarán por más que caminemos.
Que la coyuntura es mala es evidente y reluce en todas las conversaciones. Mi amigo Sergio ha estado cinco años en una empresa que cerró en diciembre. Ahora tiene un contrato indefinido (porque no sabe cuándo se acabará, puede ser en cualquier momento). Mi amigo Julio ha pasado por el periplo emprendedor y ha sentido en sus carnes los dobles raseros de las leyes financieras: el 30% de impuesto de sociedades sobre una iniciativa como la suya, que solo contaba con dos socios y un exangüe capital; mientras que grandes multinacionales disfrutan de las prebendas del 8 o 12% con este mismo concepto. Tuvo que cerrar, y a duras penas ha podido quedarse en Badajoz, renunciando al  exilio de nuevo en Madrid. Mi amigo Jesús acaba de terminar una ingeniería superior, como los dos anteriores, y ve pasar los meses sin que ni siquiera le llegue una oferta de trabajo. La cosa, verdaderamente, está mal.

Me rondan la cabeza palabras constantes de aliento y ánimo. Gestos cotidianos y habituales que dibujen otro escenario posible, otro modo concreto y cercano de vivir el día a día. Ha llegado el momento de hacer presente las alternativas como modos reales de vivir la esperanza. Corren tiempos que urgen a animar, relativizar, hacer vivible y perseguible los ideales que revaloricen la sociedad, es decir, que la vuelvan a llenar de valores. Hoy cabe reivindicar el espacio de lo posible, lo que puede desplazar a todo lo que se nos vende como monolíticamente establecido. 

Frente al desaliento de una situación injusta, no cabe más que denunciar la mentira. Por más que nos lo repitan, por más que parezca inevitable, yo quiero seguir diciendo que mi amigo Jesús no tendrá que irse a Alemania a trabajar; quiero convencer a Sergio de que se puede aspirar a un sueldo digno que le permita proyectar su vida más allá de los meses de contrato que firmó. Me gustaría tener los argumentos necesarios para defender delante de Julio que existen salidas para conciliar las dos vidas que vivimos, la laboral y la personal, porque para eso construimos un modelo de sociedad que debe ser capaz de valorar la felicidad y la realización de las personas. 

Y detecto el sentimiento de que contra el miedo solo cabe la esperanza. Esperanza crítica y fundada de que las cosas no tienen que ser como son, de que el escenario en el que bailamos puede cambiar de aspecto y ofrecérsenos para una danza más alegre que macabra.

Quizá sea un signo de los tiempos tener presente y hacer vivible el mensaje de que para Dios no hay nada imposible. Por eso creo que ante el temor de lo inseguro, inestable, deshumanizado y mezquino no podemos dejar de servir esperanza, una esperanza que se consolide en anhelo de posibilidad.

Todo esto es mi particular manifiesto por lo posible, por lo alternativo, por lo viable y por lo soñable. Porque ninguno de los que me dijeron que no se podía se atrevieron a demostrármelo.

domingo, 8 de abril de 2012

La Pascua a pesar de todo


En realidad no sé mucho de jardinería ni de horticultura. A pesar de eso, me atrevo a mantener un pequeño jardín y un minúsculo huerto, del que poco hablo con mis vecinos del pueblo porque las comparaciones, y más cuando uno pierde, son verdaderamente odiosas. No obstante, me gustan los refranes del campo, los que me indican cuándo plantar y cuándo (si hay suerte) cosechar. Así, sé que los ajos hay que plantarlos en diciembre, porque “el ajo de enero engorda el mortero, pero yo de diciembre lo quiero”. Y que hay que recogerlos por San Juan; las cebollas por San Antonio. Las coles de Bruselas, como no tienen patrón, este año han sido aprovechadas e inútiles, y todavía ando pensando si debo o no arrancarlas, porque están espigando y de coles, ni una.

En esto de los dichos hay uno que me llamó la atención cuando me lo contaron, todavía estando en Madrid en el Equipo Permanente de la JEC. El consiliario que teníamos entonces, Jordi Mas, quiso plantar en un macetero algunos bulbos: jacintos, narcisos, tulipanes, etc. Y él tenía la teoría de que había que enterrarlos en Adviento para verlos florecer en Pascua. Y yo, que muy a mi pesar siempre he hecho caso de los curas (no de todos, ¡gracias a Dios!) sigo plantando bulbos en Adviento con la esperanza de encontrar los colores de la primavera a la vuelta del Triduo.

Este año planté los bulbos debajo de la palmera que tenemos en el patio y tardaron muchísimo en asomar las puntas. Muchos de ellos se quedaron en el camino, y estarán a pocos centímetros de la superficie, asfixiado y extenuados por el esfuerzo de bregar en mala tierra o falta de agua. Cada uno tiene sus cualidades, y se conoce que las mías no incluyen preparar bien el sustrato a las plantitas.

El caso es que de los veinte que enterré, casi la mitad han aparecido tímidos a ras de suelo. Verdes y carnosos, los tallos se abren poco a poco para formar hojas, y a estas alturas todavía no han crecido más de un palmo. Sin embargo, la semana pasada me fijaba detenidamente en que en algunos de ellos empiezan a aparecer los capullos cerrados de mínimas flores, estando como están más cerca del suelo que del cielo. Me los quedé mirando fijamente, sorprendido de cómo la vida celebra, a pesar de la mala tierra, del escaso riego, de la sombra amenazante de la palmera y de la competencia extrema (planté muchos en poco espacio), la floración cuando toca florecer.

Hoy he vuelto de vivir la Pascua con la Juventud Estudiante Católica. He llegado en la madrugada del Domingo Santo, conduciendo de noche para dormir en casa, después de acompañarles y dejarme acompañar durante los tres días de fiesta grande. Han estado pensando, soñando y rezando sobre la alegría, pero de eso ya os hablaré en otro momento. Lo cierto es que, en la mañana luminosa de hoy, a los pies de la inmensa palmera, los colores se abren desafiantes y confiados.

Poco importa el recorrido o la altura alcanzada, poco importan las condiciones ni los tiempos, ni siquiera importan los jardineros inexpertos (o crueles, según se mire), que los bulbos florecen, pese a quien pese.

miércoles, 4 de abril de 2012

La responsabilidad de nuestro lugar en el mundo

El crisantemo y la espada es un libro clásico que indaga en la personalidad del japonés, en su idiosincrasia más profunda, en su modo de ver la vida, sus valores y motivaciones, sus afectos y las tensiones que le hacen funcionar en sociedad. Uno de estos pilares básicos de los nipones es la búsqueda constante y la reivindicación continua de un lugar en el mundo, de un puesto entre los poderosos desde el convencimiento de que Japón merece su sitio. La autora, Ruth Benedict, hizo este estudio por encargo de aquellos que no lograron comprender el sistema bélico japonés en la Segunda Guerra Mundial, e insinúa que esa permanente reafirmación nacional por su lugar en el mundo fue el germen de la intervención en el conflicto del país del Sol Naciente. Japón buscaba su sitio.


Esto viene porque hoy pensaba que todos buscamos nuestro sitio, también los países. Estos últimos días hemos visto cómo la Semana de Pasión se convertía en verdadera tras los anunciados y temidos recortes del Gobierno que nos gobierna. De todos ellos, me duelen especialmente los que afectan a la Cooperación para el Desarrollo. La horquilla de reducción presupuestaria alcanza, en el mejor de los casos, a poco más del 50%, mientras que si se suman todos los hachazos, también los relativos a financiación estatal de ONGDs, el presupuesto sufre una caída que supera el 70%. Esto supone la práctica retirada del actor Estado de la solidaridad internacional en la que España está involucrada.

Nuestro sitio en el mundo, el lugar de España, no solo viene determinado por sillas ocupadas en los foros del G20, sino sobre todo por la respuesta responsable a las políticas mundiales que llevamos a cabo. En este sentido, el recorte brutal que ha sufrido la cooperación española evidencia una más que notable falta de responsabilidad con las realidades de desarrollo, porque será el final de multitud de programas y proyectos que, hoy por hoy, hacen la vida vivible a miles de personas del Sur. Acabar con este modo de relación simplemente nos hace indignos de nuestra relevancia internacional.

Las cínicas declaraciones del ministro Margallo profundizan más si cabe en esta grotesca campaña y responden a la vieja táctica de presentar como no deseadas las medidas que se toman. En efecto, quizá sea peor recortar en pensiones; yo preferiría recortar en gasto militar (un ministerio que solo ha sufrido un 8% de reducción presupuestaria, frente al 21% de educación o el 13% de sanidad).

La participación de España en los programas de desarrollo internacional no es caridad ni beneficiencia ni filantropía. Es la respuesta del Gobierno a una voluntad compartida de toda la sociedad española, la de cooperar para reducir la brecha entre los que tienen y los que no. Una voluntad que se basa en el sentido de justicia y que no puede dejar de lado la historia de los pueblos. Los españoles apoyan la cooperación para el desarrollo porque es de sentido común y es nuestra responsabilidad en un mundo global. Hoy vuelvo a sentir la profunda desunión entre los que mandan y los que observamos y sufrimos sus políticas. Y vuelvo a hacer mío el grito del 15M, porque estas medidas no me representan.

viernes, 30 de marzo de 2012

La Reforma que yo quiero. Por una economía ética (II)


Ya es tarde para explicar los motivos que tuve para ir a la huelga, pero precisamente por eso, porque es tarde, los quiero traer al tapete virtual. Ya no es tiempo de convencer a nadie, y quizá esa sea la razón que me da más confianza y tranquilidad para compartir la segunda parte de la reflexión que inicié el otro día, hablando de mi amigo Fabio.

Yo fui a la huelga fundamentalmente porque creo que la reforma que necesitamos no es la laboral, o al menos no de esta manera. Si alguien quiere reformar el mercado de trabajo debería empezar dándose cuenta de que, hoy por hoy, el momento de la humanidad pasa por entender el empleo de manera diferente a como lo hicieron nuestros padres y abuelos. Es tiempo de pensar nuevas e imaginativas formas de articularlo, que van desde el famoso “trabajar menos para trabajar más”, aquella idea alemana de reducir las horas activas para incrementar el número de empleados; hasta la valorización de actividades culturales y artísticas, muy vinculada esta idea con la Renta Básica que cada vez se mueve más en los ámbitos científicos y académicos.


Yo fui a la huelga porque creo que la economía desconectada de la ética y de la opción por las personas es el único motivo por el que el mundo va como va. Cuando pienso en la dación en pago me parece que es un argumento irrebatible desde el punto de vista moral y humano. ¿Cómo va a seguir pagando la hipoteca aquel a quien el banco le quita su casa? En Francia regularon estas situaciones con la Ley de la Segunda Oportunidad, que es de una  lógica contundente (de cajón de madera de pino, que dicen en mi tierra). Pero claro, es sensata desde la óptica de lo humano, no a través del prisma de lo economicista. Por eso es una ley que aplica criterios éticos a la economía, para ponerla al servicio de las personas.

Lo que está pasando con el asunto de la deuda soberana de los países y las inyecciones de solvencia económica a los bancos también es lógico y consecuente: el Estado aporta dinero para salvar a las entidades financieras y que así puedan conceder hipotecas; éstas, sin embargo, lo que hacen es comprar deuda española a un interés mayor que el que el Estado aplicó a los préstamos primeros. Y así, la banca gana. Que, desde la perspectiva del mercado, es lo que tiene que hacer. Es decir, es un comportamiento lógico, pero no ético.
Yo fui a la huelga porque exijo que los gobiernos impongan la ética en las relaciones financieras: para que valga más el ser que el tener y para que se asuma, de una vez por todas, que los bancos son algo más que negocios. La sociedad tiene un tejido financiero que la soporta, por eso los bancos son también agentes sociales insertos en las comunidades en las que (y de las que) viven. Y solo decidiendo según los esquemas éticos y aplicando normas económicamente ilógicas podremos recuperar la importancia de la persona.
Yo fui a la huelga porque creo que esto tiene solución. Y quiero ser parte de ella.

domingo, 25 de marzo de 2012

Se vende piso. Por una economía ética (I).

Al final no caben en casa. Mi amigo Fabio y su mujer Mamen, padres de una niña guapísima que se llama Guiomar, van a incrementar la familia con dos nuevos retoños (todavía no saben si gemelos o mellizos). Este es el motivo por el que su piso, en un barrio de Córdoba, se ha quedado pequeño y tienen que mudarse.
Ayer me llegó el mensaje por Facebook de que iban a intentar venderlo. Intentar solamente, porque los tiempos son malos para los tratos y su situación no permite un negocio ruinoso. El piso tiene 75 m2, de 30 a 50 años, está reformado y piden por él 139.250 euros.

Me sorprende muchísimo la manera que tienen Fabio y Mamen de afrontar la venta. Me sorprende la honestidad en el modo de presentar el inmueble, y me sorprende el precio tan exacto, propio de aquellos que han calculado con un estrecho margen moral, para no pedir más de lo suficiente ni menos de lo necesario. Un curioso modo de establecer lo justo.



Fabio es economista y Mamen es historiadora del arte. Ni el uno ni la otra trabajan de lo suyo, pero ambos lo hacen por lo suyo. Lo suyo es construir un mundo mejor desde los ámbitos de su trabajo, y la sensibilidad en la que viven su fe los hace militar en la Acción Obrera Católica (ACO). Estoy convencido de que la óptica desde la que perciben la crisis financiera, la crisis que aplasta a las personas bajo el peso de incomprensibles conceptos financieros, les hace poner esa cifra con tantas aristas y matices callados y clamorosos.

En estos tiempos difíciles, donde todo parece más complejo de lo que verdaderamente es, llevo tiempo constatando que no existen discursos éticos sobre la economía, que la economía tiene su propio ritmo de comportamiento y nadie discute la primacía del mayor beneficio, a costa de lo que sea. En ninguna sociedad avanzada se sostendría este argumento totalitario en cualquier otro campo: no caben extremos en el ejercicio de la medicina, de la ciencia, de la tecnología… porque ni la medicina, ni la ciencia ni la tecnología  se pueden vivir desde fuera de la ética. ¿Cabría una praxis médica sometida a principios tan poco humanos como, por ejemplo, minimizar el coste por paciente? ¿Podría ejercerse la ciencia considerando únicamente el beneficio potencial económico de las investigaciones? Sin embargo, la visión de los mercados o de las finanzas no se entiende desde la óptica del servicio a las personas, sino únicamente desde el éxito económico del mayor lucro con la menor inversión.
 
Me cuenta mi amigo Agustín Franco que las órdenes religiosas que iniciaron los Montes de Piedad (las antesalas de las Cajas de Ahorro) lo hicieron como respuesta éticamente sostenible a la usura, montaron un negocio donde el beneficio estaba en que los pobres pudieran acceder a servicios básicos sin pasar por las manos de aquellos que se aprovechaban de su necesidad, y que tenían muy claro dónde estaba la plata. En estos orígenes la economía estaba habitada de un discurso ético que definía las funciones y el alcance de los dineros; ahora estamos muy lejos de entender esto. No habrá sitio para las gentes en un mundo donde los criterios económicos sean solo eso, económicos.
  
Por eso hoy pienso en el piso de Fabio y Mamen, en su precio calculado y mesurado en función de criterios no filantrópicos, caritativos o asistenciales, sino de justicia. Y pienso que es una iniciativa que marca que otra economía es posible, una al servicio de las personas. Por eso, seguramente, el anuncio acaba diciendo que una parte se puede pagar a plazos.

   

miércoles, 21 de marzo de 2012

Heridas en las manos



No, no es para tanto. Lo cierto es que mis manos están bastante bien, con dedos cortos y alguna que otra mancha escamosa, propia de quien hace mucho tiempo que no se echa cremas. El título de la entrada viene porque ayer me descubrí pequeñas heridas en las uniones de los dedos, en las articulaciones nudosas y en las palmas. Ahora mismo las veo cicatrizando, minúsculas rayitas rojas entre los dedos que se agitan rápidos sobre el teclado del ordenador.

Estas heridas tienen su origen en el taller forzoso (pero gozoso) que tuvimos el lunes por la tarde en el laboratorio donde trabajo. Pedro Carrasco, técnico de ONGAWA, la organización donde desarrollo mi voluntariado; Paco Zamora, profesor en la Escuela de Ingenierías Industriales de Badajoz, también voluntario, y yo. Juntos intentamos construir un tippy tap, un ingenio hídrico que se utiliza en los países del sur para suplir la carencia sistemas de distribución (tap significa grifo en inglés). Cogimos cañas de un cañaveral cercano a la universidad y cortamos, lijamos, limpiamos y taladramos los bastones para montar una estructura capaz de mantener una garrafa de agua a metro y medio del suelo. Nuestra maña dejaba mucho que desear, pero el resultado era alentador y estamos animados a conseguir una versión mejorada…

ONGAWA va a celebrar el Día del Agua, que por costumbre tiene lugar el 22 de marzo, recién estrenada la primavera. Nos planteamos este evento como una oportunidad para poner de manifiesto la importancia de la disponibilidad de agua potable, salubre y en cantidad suficiente como para vivir vidas dignas y plenas. Y añadimos a este Derecho Humano la necesidad del saneamiento, de establecer condiciones higiénicas que hagan que ninguna madre tenga que sufrir la pérdida de su hijo, con solo unos pocos años de vida, por una simple diarrea.

Hemos lanzado una nota de prensa que es escalofriante: los datos son más que números, son rostros que sufren la gran injusticia de no disponer de agua para su desarrollo como comunidad, como país, como familia o como persona. La transversalidad del agua implica su necesidad increíble en todos los campos de la vida: educación, salud, igualdad, economía… desarrollo.

Las minúsculas heridas que hoy pueblan nuestras manos nos recuerdan la otra gran brecha que se abre entre el Norte y el Sur, una barrera más alta y profunda que cualquier frontera construida. La brecha que separa los que tienen de los que no, los que visten de los que van desnudos, los que comen de los que ayunan, los que viven de los que mueren. Hoy miro mis manos y vuelvo a pasar por el corazón los motivos que hacen cada día que me reafirme en la necesidad de aportar, desde lo mejor de nuestras personas, para construir mejores mundos posibles. Yo encontré mi sitio en ONGAWA porque creo que la tecnología es un regalo que debe repartir justicia y allanar senderos de fraternidad. Mañana celebraré mi vocación científica entre compañeros que creen que el agua es un derecho de todos, y solo entre todos podemos construir un mundo más justo. Para todos.