En medio del descanso estival, recupero un texto que
escribí en un diario local. Espero que os guste. ¡Viva la Re-pública!
VACACIONES
Hace tiempo tuve la oportunidad de viajar a un lugar remoto, Malasia, por razones de
trabajo. Por entonces me ocupaba de una responsabilidad en el Equipo Permanente
de la Juventud Estudiante Católica, una organización juvenil de la que otro día
os hablaré con más calma. Una vez allí, no me abstuve de realizar alguna que
otra visita turística, particularmente a las llamadas Bathu Caves, unas grutas excavadas por el mar en los alrededores de
Kuala Lumpur. No negaré la belleza del paraje, templos hindúes incluidos, pero
a mi memoria volvían recurrentemente las imágenes de la mina de la Jayona, en Fuente
del Arco, al sur de Extremadura.
Es tiempo de vacaciones. Las agencias de viajes
llevan ya meses anunciando paquetes turísticos, ofertas especiales y destinos
embriagadores, lejanos horizontes donde descubrir lo bello del mundo, lo
exótico de lo lejano. Nombres sugerentes y epítetos sugestivos: Bali tribal,
Turquía de fragancias, Nueva Zelanda para descubrir... Se va haciendo común en
nuestra sociedad recurrir a trayectos que no son de seiscientos, familia y bocadillo; sino de largas esperas en aeropuerto,
algunas horas en el aire y complejos hoteleros a pie de playa. Cancún, Punta
Cana, Riviera Maya... azules aguas y fina arena en la costa privada de algún resort todo incluido. Y, si la cosa no
nos llega, hasta hace bien poco faltaban los préstamos a interés de usura,
dinero rápido para rápidos deseos de escape.
El ocio se cobra, cada día más, una importancia
sagrada en nuestras vidas. Del disfrute del ocio vamos pasando, poco a poco, al
consumo; de tal modo que esta dimensión entra en la rueda frenética del más y
más, de la insatisfacción y del hedonismo. Hace unos años, una publicidad
anunciaba “En un mundo como el que tenemos, una sola cosa merece que se
preocupe por ella: sus vacaciones”.
Consumir ocio significa algo más que comprar
combinados turísticos y estancias en hoteles de lujo. Otro espacio propio de la
persona cae bajo en imperio del capitalismo. Nuestro trabajo, nuestro tiempo,
nuestras capacidades como ciudadanos, quedan subsumidas a los intereses que,
desde un paradigma netamente neoliberal e individualista, se nos van colando (o
calando) a la hora de programar
nuestras vidas. Los viajes son solo un exponente, imagino que de los más
manifiestos, pero no son el único. El consumo de sensaciones, de experiencias
artificiales y artificiosas, está a la orden del día. Encontrar el contrapunto
a una vida centrada en el trabajo diario, en la acumulación y en la rutina se
hace cada día más necesario e imprescindible. Así aparecen las múltiples
ofertas de entretenimiento y tiempo libre, que no dejan de sorprenderme.
La expresión de nuevas formas de ocio me parecen más
sustitutivas que novedosas. No se trata de que hayamos inventado nada, estamos
poniendo parches a una situación de carencia vital. ¿Qué buscamos con las
sensaciones, con las experiencias, con los viajes cada vez más lejanos? Hay una
autenticidad que nos falta, un disfrutar que es genuino y plenamente humano, y
que no se encuentra en las horas de avión, en las playas exóticas o en los
deportes de riesgo. Buscamos algo que se nos niega recurrentemente en el día a
día, la experiencia que plenifica a la persona y que tiene que ver con las
cosas más sencillas de la vida: los amigos, la familia, el trabajo que realiza,
la naturaleza próxima y cotidiana... la normalidad.
Las vacaciones son para divertirse. Di-vertirse;
hacer cosas distintas, cambiar de actividad. Encontrar esas otras actividades
que nos hacen descubrir lo profundo de la vida, lo hondo de la existencia desde
lo cercano y lo sencillo puede ser un verdadero camino de auténtico ocio.
Porque, en el fondo, el ocio es más importante que el turismo. Y el viaje más
interesante de nuestra vida no se hace en avión.
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